Cómo vivir despacio en un mundo que va rápido
La manera que tenemos de vivir se ha acelerado en los últimos años, todo el mundo lo sabe. Pareciera que las horas del día nos duran menos, y que no tenemos tiempo de hacer todas las cosas que queremos; las situaciones se suceden a toda velocidad, y la sensación que tenemos al terminar el día es de que pudimos hacer más, pero no nos dio tiempo, o peor todavía, que venimos de una montaña rusa, donde a velocidad de vértigo hemos surfeado las olas del día que nos ha tocado vivir.
Lo que no sabemos es que, en realidad, lo que más nos perjudica no es que las cosas del mundo exterior vayan deprisa —eso a veces es inevitable—, sino la manera en la que nuestra mente maneja y reacciona a esa aceleración de cosas y acontecimientos que nos suceden a lo largo del día. Porque lo que olvidamos muchas veces es que la que va deprisa es la mente. Y a esta le sigue el cuerpo. Ahí está la velocidad que sentimos como vértigo, en nuestra mente.
La mente es la que corre
Ya lo decía Buda: «todo es mente». Es decir, nuestros sentidos captan multitud de estímulos —sonidos, colores, ideas—, y esos estímulos son procesados en la mente. Pero ella no está preparada para manejar tantos datos y estímulos como nos llegan ahora; nuestra mente no tiene capacidad para asimilar toda la información que le llega. Y esa incapacidad para manejar demasiados estímulos es lo que nos da la sensación de aceleración y velocidad.
De hecho, si lo piensas, un ejecutivo en su oficina puede estar largas jornadas sin mover el cuerpo, tomando decisiones sentado en su silla, inmóvil, pero con mil llamadas de teléfono, mirando al mismo tiempo las pantallas de los ordenadores abiertas ante él, revisando datos, y con colaboradores entrando y saliendo a su despacho continuamente, llevándole noticias. Y será toda esta actividad, sin mover el cuerpo, la que sobrecargue y acelere su mente.
Cambiar el punto de visión
Así que ahora ya sabemos que la velocidad en realidad está, se percibe en la mente, y saberlo nos da el secreto para poder bajar su intensidad, e intentar vivir más despacio, que es algo que nos sienta bien a todos. Porque una cosa es estar activos y ocupados, trabajando intensamente, y otra es estar acelerados de manera artificial por motivos no naturales (ambición, deseos exagerados, sistema económico artificial…).
Y sabiendo esto, sería inteligente mantenernos ligeramente apartados de la avalancha de estímulos y noticias, porque cada noticia negativa que lees en el periódico o ves en la televisión te provoca una emoción distinta, que se va acumulando a otras parecidas, y todas juntas te provocan un malestar indefinido. A este mantenernos ligeramente apartados del exceso de estímulos le podemos llamar higiene de la mente, pues se trata de prevenir, cuidar y protegerla.
Protegerse del viento
Un maestro zen dijo una vez que, hasta que el árbol pequeño no esté fuerte y crecido, es mejor protegerlo del viento. Con esto quiso decir que, hasta que nuestra mente no esté fuerte gracias al entrenamiento y el cuidado que le demos, debemos protegerla del exceso de estímulos, no exponiéndonos tanto a ellos, pues es frágil y no estamos preparados. Esto es difícil de lograr, porque es difícil aislarse del mundo y de su aceleración. Pero si realmente queremos tener calidad de vida, debemos encontrar la manera de vivir despacio en este mundo que va tan rápido.
Y se puede lograr. Depende de tu esfuerzo personal, de las ganas que le pongas, de cuánto valores tu salud física y mental frente al exceso de deseos, de las prioridades que tengas en tu vida, a qué le des preferencia. En el zen, para lograr esto se proponen varias prácticas de entrenamiento práctico: entre ellas están la meditación diaria llamada zazen, el practicar la simplicidad en todo lo que hagamos, el no complicarnos la vida con un exceso de actividades, y con la práctica de la atención, esto es, atendiendo solo a una o dos actividades o intereses como mucho, cada vez, y no más. Dejando de ser como somos ahora: multitarea y dispersos.
Tan solo si aplicáramos estas sensatas prácticas, uno podría empezar a notar cómo su vida comienza a vivirse más despacio.
La velocidad no está fuera: está en la mente que corre para alcanzarla.

Sobre el autor: Toni Iñiguez es escritor, autor de libros que exploran temas como la simplicidad, el silencio, y la filosofía zen. Con un enfoque cercano y profundo, busca inspirar a sus lectores a vivir con mayor claridad, calma y propósito.