Viajar ligero: cómo hacer la maleta con la filosofía del desapego

Existen muchas formas de viajar. Pero la más valiosa es aquella en la que lo importante, más que el sitio al que vamos, es la concentración que aplicamos, el grado de atención que prestamos a lo que vamos a ver. ¿Y por qué digo esto? Bueno, pues porque la mayor parte de las veces viajamos más preocupados por nuestras maletas y mochilas —vigilando para que no nos las quiten, o revisando que no se aplasten en el compartimento de equipaje del avión— que por los propios lugares que vamos a visitar. En la mayoría de ocasiones, cuando uno viaja, el peso de las pertenencias que arrastra a la espalda en su mochila, o en su maleta con ruedas, es tan grande que no nos deja avanzar, andar con comodidad, disfrutando del viaje, mirando, observando el lugar al que llegamos.

Y esto también se puede aplicar a lo mental, pues muchas veces, cuando viajamos, llevamos en la mente demasiado equipaje, demasiado peso con los conflictos y problemas no resueltos que traemos de casa. Y eso, como si de unas gafas oscuras se tratara, nos impide ver con claridad lo que tenemos delante.

Lo que el bosque me enseña sobre el equipaje mental

Cuando salgo a la montaña y me voy a caminar por los bosques, sé que la primera media hora de excursión no estaré «viendo» realmente el bosque, ni los pinos, ni las piedras, ni los pájaros que me rodean. Los primeros minutos caminando por la naturaleza, todo lo veré coloreado por las emociones e impresiones que traigo de casa. Es solo después de una media hora, o a veces incluso mucho más, cuando ya llevo rato sumergido en los colores, olores y sonidos del bosque o de la montaña, cuando mis impresiones mentales traídas como equipaje de casa se van diluyendo, desaparecen, y mis sentidos finalmente quedan limpios para ver de verdad, para conectar de verdad con lo que me rodea.

El cambio que se produce en ese momento en mis emociones es espectacular: bienestar, felicidad, conexión con el entorno y nuevos pensamientos positivos y creativos llegan ahora a mi mente como ligerísimas nubes que pasan, para no quedarse si no quiero.

Caminar ligero, también por dentro

Siempre he sabido, incluso desde niño, que estamos aquí en la Tierra de paso, y esto ya lo decían muchas tradiciones espirituales antiguas, de todos los tiempos. En el budismo zen se le llama impermanencia: todo se termina, todo pasa, todo se deteriora… Por eso estamos aquí de paso, y cuando uno sabe que está de paso, lo más sensato e inteligente que puede hacer es caminar ligero de equipaje, tanto mental como físico. Mejor no llevar tantas maletas, mochilas, ropa, cámaras, cosas… mejor no llevar, o intentar no llevar, tantas preocupaciones, deseos, inquietudes… Caminar, viajar más ligeros.

Esto es difícil. El camino que se recorre ligero, que se camina ligero de equipaje, adquiere mayor realismo en nuestros ojos, mayor belleza, mayor disfrute, porque toda la energía que hemos liberado al soltar los deseos excesivos y las preocupaciones varias que conlleva el exceso de equipaje mental, ahora está libre y dispuesta para emplearla en la atención, en contemplar y disfrutar del lugar por el que caminamos o al que hemos llegado.

Hay un viajar slow que se ha puesto de moda. Yo ahora propongo que practiquemos el «viajar light». Ligeros de todo lo que pese demasiado. No te compliques la vida, e intenta viajar ligero.

Viajar ligero no es cargar menos: es soltar más.